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por Victor M. González |
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Cuando la gente de mi generación asistió a la primaria, nos enseñaron que tenemos 5 sentidos a través de los cuales los seres humanos podemos percibir lo que sucede a nuestro alrededor y mediante los cuales interpretamos ese concepto tangible de lo que conocemos como “la realidad”. ¿Los recuerdan? Nos los enseñaban relacionándolos con los dedos de una mano en las primeras clases de preprimaria y era una manera de comenzar a comprender “nuestro funcionamiento”: olfato, vista, gusto, oído y tacto. Pues bien, hasta eso ha cambiado y conforme avanza el desarrollo de la Ciencia y la Tecnología caemos en cuenta de que la ironía de Sócrates, el padre de la Filosofía Occidental, sigue surtiendo efecto con aquello de, “Solo sé que no sé nada”, en el sentido de que entre más se descubre, entre más se estudia, más nos percatamos de nuestra profunda ignorancia. A cada momento se develan más disciplinas del conocimiento y éstas se van multiplicando y especializando conforme pasa el tiempo. Cada día nos abruma un poco más el comenzar a aprender algo nuevo, sabiendo que se ignora tanto de tan diversos temas, sobre todo cuando nos percatamos de que lo que sabemos ya no coincide con lo que nuestros hijos están aprendiendo en la escuela. Nuestros conocimientos van caducando y para mantener nuestro nivel de comprensión y funcionamiento, para conservarnos vigentes, necesitamos aprender a aprender de manera constante o nos volvemos obsoletos y una vez que se pierde el paso nos quedamos atrás, para siempre. Ahora hay 4 sentidos adicionales que no son nuevos pero que no se consideraban anteriormente como parte de nuestra enseñanza. El primero, relacionado con el tacto, es la Termocepción. Esta conexión entre el cuerpo humano y el entorno se da, generalmente, a través de la piel y permite al individuo detectar el calor o su ausencia, para reaccionar en consecuencia ya que la exposición prolongada al medio ambiente puede aniquilarnos en cuestión de minutos. Esta percepción puede verse alterada por la propia temperatura corporal, como cuando sufrimos de calentura y sentimos escalofríos. Otro “nuevo” sentido es la Nocicepción, que se refiere a la sensación del dolor como respuesta a la detección de cambios térmicos, mecánicos o químicos extremos, por encima del umbral de normalidad. Es un sistema de alerta que puede salvarnos la vida. Cuando este sistema se descompone la sensación suele ser insoportable. Un caso notable es aquél en que se sufre la amputación de una extremidad y sin embargo, el sistema continúa identificando un dolor extremo en esa parte del cuerpo que ya no existe, como si el tablero de control se hubiera quedado encendido. El sentido del equilibrio o Equilibriocepción se relaciona con la fuerza que la gravedad de la Tierra ejerce sobre nuestro cuerpo y nos permite mantener la vertical. Es un sentido que se desarrolla con el tiempo (no es innato) y puede ser: estático (de pié), dinámico (caminando, corriendo, brincando, nadando), dinámico portando objetos (cargando una charola con platos y vasos), estático sobre objetos en movimiento (en patines, bicicleta, auto), dinámico sobre objetos en movimiento (caminando en un tren o sobre la cubierta de un barco en movimiento) y dinámico portando objetos y sobre objetos en movimiento (imagíneselo). Este sentido se basa en la vista, en el funcionamiento de la parte posterior del oído interno y la Propriocepción (otro sentido). Esta combinación de información nos da pistas para procesar y resolver nuestro manejo corporal con respecto a la gravedad terrestre. Al interrumpirse la sensación de equilibrio su suscitan mareos, desorientación y náuseas, como ocurre en los barcos (donde la vertical cambia constantemente) o como sucede con la ingestión excesiva de alcohol (¿O ya se le olvidó?). Finalmente, está el sentido de la Propriocepción, que en sí constituye todo un sistema y que tiene que ver con la noción de conjunto de todo el cuerpo y su interrelación. Este sentido o sistema nos permite realizar actividades complejas relacionadas con la coordinación, como capturar una pelota mientras corremos hacia atrás o conducir un automóvil de velocidades. Podemos comprender cuando este sistema deja de funcionar eficientemente en situaciones muy sencillas como cuando se nos duerme un brazo y no podemos controlar su movimiento o cuando nos anestesian la boca y se nos escurre la saliva por no sentir los labios. Pero permítame contarle de los otros sentidos, erróneamente llamados globalifóbicos y que en realidad son personas indignadas e inconformes con las reglas financieras impuestas por el sistema bancario internacional. Están exasperadas por el juego perverso del intercambio de dinero bajo las actuales reglas, lo que está dejando en la miseria y el desamparo a la gran mayoría de los seres humanos en el planeta. Por eso irrumpen en las reuniones del G20 ya que tal grupo reúne a los presuntos responsables de su desdicha. Es un error pensar que están en contra de la globalización o de la tecnología y aún menos, de la ciencia. Son personas como usted y como yo, que están desesperados, hartos de la injusticia y el abuso, que quieren tener la oportunidad plausible de alcanzar una mejor calidad de vida y de ser posible, la felicidad. Esa desesperación requiere atención ya que los impulsa, de entrada, a gritar que no están de acuerdo y en eso centran sus esfuerzos al viajar y juntarse con otros inconformes de otros países afuera de la sede en que se reúnen los representantes de las economías poderosas, los que podrían (aparentemente) cambiar las reglas de tan inequitativo juego. Definitivamente, no vienen a pedir amablemente el micrófono, ni podemos esperar que soliciten permiso para tomar la palabra. Asisten para dejar patente su descontento intentando entrar a donde no están invitados y buscando mediante actos desesperados atraer la atención de las cámaras de televisión de los noticieros de todo el mundo. Eso es peligroso ya que en ese impulso de adrenalina y con la fortaleza que da el sentirse apoyados, de ser parte de algo más grande, estarán dispuestos a jugarse la vida y en el camino llevarse a alguien entre las espuelas. Por eso es común presenciar el choque de un ejército de personas humildes y poco ilustradas, que ganan un sueldo mísero por trabajar como guardianes del orden y la autoridad, entrenados y equipados con escudos y toletes para resistir los embates violentos de una turba, también humilde y variopinta pero con las luces suficientes para entender y protestar. El peligro de la violencia podría llevarse a Cabo. De que vienen, vienen y serán muchos ya que por cercanía asistirán los vecinos estadounidenses que desde hace tiempo ocupan las plazas en muchas ciudades norteamericanas sin que los medios les dediquen mucha atención. Tendremos que desarticular la posibilidad de empañar la imagen de nuestro destino colaborando de manera creativa y respetuosa hasta encontrar las alternativas para impulsar a estos inconformes a comunicar su descontento, a expresar sus iniciativas y explayar su enojo, sin caer en la violencia. El tiempo vuela. ¿Alguna idea? VMGR |
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