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por Roberto Jáuregui Z. |
Como lo hemos venido señalando, la humanidad se encuentra en un proceso que bien podría llamarse “la madre de todas las controversias”. Paradójicamente, al mismo tiempo que el conocimiento humano va alcanzando logros inimaginables, las sociedades – locales, nacionales y globales- parecen ser mudos testigos de cómo la satisfacción de sus necesidades básicas se va reduciendo gradualmente, mientras la explotación irracional del medio ambiente y de la energía en todas sus formas continúa en un inclemente proceso de degradación ambiental francamente suicida.
En cuanto a los sistemas de producción (“modos de producción”, para Marx) los sistemas socialistas o totalitarios han dejado bien claro que, en aras de lograr un supuesto “progreso”, han sacrificado valores fundamentales del ser humano como son la libertad de acción, de pensamiento y de expresión, lo que las descalifica como opciones reales de desarrollo y bienestar comunitario.
El capitalismo, por su parte, si bien parece ser (parafraseando a Churchill) “el menos malo de los sistemas posibles”, también ha mostrado su incapacidad para resolver problemas de importancia fundamental como la creciente pobreza y la pobreza extrema, así como la falta de oportunidades de desarrollo para las mayorías, trayendo aparejada una creciente disminución de la clase media, que es sin duda uno de los principal.es indicadores de desarrollo y motor de las economías.
Para describir la situación actual viene a colación un pensamiento de Jonathan Moldú: “Las personas fueron creadas para ser amadas, y las cosas fueron creadas para ser usadas; la razón por la que el mundo está en caos, es porque las cosas están siendo amadas, y las personas están siendo usadas”. Aquí la discusión alcanza mayores alturas que rebasan los alcances de este documento y van desde la forma en que concebimos al ser humano social e individualmente y su interrelación con el cosmos, hasta las formas de organización para la producción económica.
Desde otra perspectiva, las fuerzas que se encuentran actualmente en trayectoria de colisión son, básicamente, la teoría Darwiniana que sustenta la supremacía del mas apto y con ello justifica el modelo de desarrollo capitalista, contra la del Bien Común que plantea Franz De Waal, quien señala que el ser humano, al igual que otras especies como los primates o las hormigas, somos criaturas morales y cooperativas; de hecho señala que somos la especie mas gregaria, cooperativa y moral del planeta.
Si aplicamos, de manera ecléctica y sin mucho rigor, estos elementos al caso de México, esta disyuntiva podría llevarnos a pensar en una especie de “Capitalismo Humanista” como alternativa para transitar hacia un modelo de desarrollo que efectivamente promueva el “bien común” mayoritario, en concordancia con un equilibrio ambiental; todo ello basado en un alto contenido de participación y beneficio social.
Sin embargo, este modelo implica profundos cambios (algunos ya mencionados en el artículo “La Agenda del Nuevo Presidente”), difíciles sí, pero posibles. En lo económico: política de crecimiento acelerado (superior al 5%), fragmentar o desmantelar monopolios políticos, económicos y sindicales, así como implementar las cacareadas pero indispensables reformas fiscal, laboral y energética (esta última con un importante contenido ambiental). En lo social: cobertura universal de derechos y garantías sociales e individuales para todos los mexicanos. En lo político: una verdadera “ciudadanización” de los gobiernos, comenzando por los partidos políticos; candidaturas independientes; “eficientar” cualitativa y cuantitativamente los órganos de representación popular (senado y congreso); y ambientales: estricta legislación pro medio ambiente, programas y recursos para el desarrollo de usos alternativos de la energía y reforzar con instrumentos efectivos -“que duelan”- los órganos de vigilancia, regulación y control ambiental, entre muchas otras.
Lo más preocupante es que la “sociedad civil” ha dejado la solución de estos problemas en manos de los gobiernos y de la llamada “comunidad internacional”, cuando éstos están crónicamente supeditados o bajo el control de las grandes corporaciones en el capitalismo –o de los grandes beneficiarios de los sistemas socialistas (la alta burocracia)- quienes tienen compradas y/o cooptadas las conciencias de los políticos, al grado de que no parecen ser capaces de plantearse los problemas que aquí enunciamos, y menos aún de proponer alternativas de solución; de ahí la necesidad de una creciente presión por parte de un electorado cada vez mas educado y consciente.
Por eso, en el aquí y ahora, desde el punto de vista de los simples mortales electores, creo que estos elementos deberán ser tomados en cuenta ahora que ya tenemos “a disposición” a nuestros tres flamantes candidatos a la presidencia, para que, antes de votar, conozcamos a fondo su pensamiento político y analicemos detenidamente su plataforma electoral y su plan de gobierno; “quien quita” y tengamos suerte y alguno de ellos ande más o menos en la misma frecuencia. Lo que ya no puede concebirse es un plan que no provenga de una importante participación de la sociedad y, menos aún, un país sin plan. ¿O seguirá siendo mucho pedir?
RJZ